“La vergüenza es sumamente poderosa. Produce la idea de que no somos dignos de ser amados y pertenecer”, dice Caroline Vogel, directora espiritual, terapeuta y exsacerdote episcopal.
“Probablemente, el 90% de la gente ha experimentado vergüenza en algún momento de su vida. Muchos de nosotros considerarían la vergüenza una emoción sana. Pero el problema es que, para muchos de nosotros, adquiere un tamaño desmesurado. Así, no resulta beneficiosa de manera individual o en nuestras relaciones”, observa Vogel.
En lugar de sucumbir a la vergüenza o sentirnos paralizados por ella, podemos elegir aceptar algo que ya está disponible para nosotros: la gracia de Dios.
La autorreflexión aporta claridad
“Los traumas del pasado interfieren con nuestro sentido de valía, y eso no nos deja habitar en un espacio de vulnerabilidad, porque la gracia y amor de Dios son vulnerables, el amarnos a nosotros mismos es vulnerable y el amar a otros es vulnerable.”
Profundice más
Vogel trabajó casi 10 años en su libro, As Yourself, The Sacred Work of Embodying Grace, Durante ese tiempo reflexionó en la yuxtaposición de la vergüenza y la gracia. El libro nos comparte sus experiencias personales y algunas herramientas que le han ayudado a poner la vergüenza en su justa dimensión, para poder amarse a sí misma y vivir más plenamente en el Espíritu.
Una guía de estudio de seis semanas, junto con meditaciones impresas y en audio, acompaña a los lectores en camino a aceptar el amor y la gracias de Dios.
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“El trauma nos protege del dolor de esta manera: Nos hace sentir las viejas heridas o somos heridos de otra manera. Esos mecanismos de protección tienden a quitarnos la capacidad para recibir”, dice Vogel.
“A menudo, los lugares dentro de mí que han necesitado grandemente el amor de Dios han sido los lugares donde experimentamos la mayor dificultad para abrirnos al amor de Dios y a nosotros mismos”.
Los traumas vienen en todos los tamaños. “Muchas cosas quedan alojadas en nuestro cerebro emocional. Esto no quiere decir que estemos pensando en esas cosas todo el tiempo, pero es probable que todo el tiempo estemos reaccionando influenciados por ellas”.
Tú eres digno
No cabe duda de que el amor de Dios es mucho más grande que nuestra vergüenza. Vogel nos comparte: “En la cultura occidental estamos tan acostumbrados a ganar y merecer lo que tenemos, que si no sentimos que podemos ganarlo o merecerlo, se convierte en algo que no encaja en la matriz de quienes somos o en cómo nos movemos en el mundo. La gracia sencillamente destruye este esquema”.
Aceptar la gracia con mayor libertad no significa que ya no damos cuenta por nuestras acciones.
“Si la gracia es la fuerza que impulsa nuestra habilidad de hacer cambios en nuestra vida, se convierte en una manera más efectiva y productiva de provocar cambios en mí y en mi entorno que llevarlo a cabo desde un lugar de juicio, crítica o culpa”, afirma Vogel.
Encuentra sanación en la presencia de Jesús
“Nuestro agente de sanación más poderoso es la conexión. Es conectar la vergüenza con la totalidad de nuestro ser y con nuestro amoroso Dios”, sugiere.
“Mientras Jesús lavaba los pies de los discípulos, les dijo: ‘Lo único que realmente necesito que hagan después que yo me vaya es que se amen unos a otros tal como yo los he amado. Les he entregado una experiencia tangible del amor de Dios con mis manos, mis palabras y mi ser. Estar en mi presencia es el regalo que les otorgo. Ahora necesito que ustedes sean ese regalo, ese recipiente de amor. Necesito que lo vivan, y no que salgan y tan sólo hablen de ello.’ Así es como sanamos la vergüenza”.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo” ‒ Mateo 22:39
Al aceptar la gracia de Dios, debemos preguntarnos si nos estamos amando a nosotros mismos tanto como amamos a los demás. A continuación les compartimos algunas maneras prácticas de cuidar de uno mismo:
- Escribe un diario describiendo tu vergüenza o trauma. Haz espacio para ello. Manifiesta tu dolor, cultiva la autocompasión y pídele a Dios que te ayude a dejarlo ir. También podría ser beneficioso hablar con una amistad de confianza, con tu pareja, terapeuta o consejero espiritual.
- Descansa. Resiste la compulsión a exigirte demasiado, lo que muchas veces produce frustración, ansiedad, enfermedad y agotamiento. Cuando te sientas cansado o exhausto, es imperativo que dediques tiempo a recargar tus energías.
- Contempla, escucha la voz de Dios y dedica tiempo a la oración. Estar en quietud y en silencio para sentir nuestras emociones, son prácticas espirituales activas que nos abren a la reflexión, la sanación y a conectarnos con el Espíritu.
- Mueve tu cuerpo. Sal a caminar en paz, asiste a una clase de yoga suave o alguna otra actividad. Si permites que tus músculos liberen tensión, esto podría producir la liberación mental y espiritual de tu vergüenza.
Trabajar en la autocompasión puede tener un efecto dominó en nuestras comunidades debido a la forma en que nos tratamos unos a otros cuando seguimos al Espíritu y nos centramos en el amor.
“Si todos tomamos tiempo para conectarnos con nosotros mismos y para dar cuando tenemos algo que dar, entonces quizá no tengamos que dar cuando no tengamos nada que ofrecer”, explica Vogel. “No se trata solo de confiar en mí mismo y en quienes me rodean, sino de empezar a confiar en el entretejido de cómo Dios y el Espíritu trabajan”.
“Recibe el amor de Dios y permite que el aliento del Espíritu te guíe hacia adelante. Cuando más me desprendo de la vergüenza, más abrazo el amor de Dios y la habilidad de amarme a mí mismo, y mayor es mi capacidad de seguir al Espíritu porque ya no hay tantos obstáculos en el camino”.
Laura Buchanan trabaja para UMC.org en Comunicaciones Metodistas Unidas, Nashville, Tennessee. Contáctese por email.
