“Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros” (Juan 13:34, NVI).
Ámense unos a otros. Este es uno de los últimos mandamientos que Jesús les dio a sus discípulos en el Evangelio de Juan. No les mandó defenderse unos a otros o a orar unos por otros. El mandamiento que les dio, a ellos y a nosotros, es que amemos, lo que superficialmente parecería algo simple.
La mayoría de nosotros tenemos mucha práctica en el amor. Amamos a nuestro cónyuge o pareja. Amamos a nuestros niños. Amamos a nuestras amistades. Hasta amamos a nuestro equipo deportivo favorito.
¿Pero qué de la gente que no conocemos, que no nos gusta o en quienes no confiamos? No estamos exentos del mandamiento de Jesús respecto a estos “otros” que son difíciles.
Aquí compartimos algunas maneras de mostrar el amor de Dios a toda la gente:
Amar a los desconocidos
Jesús mandó a sus doce discípulos a que se amaran unos a otros. Este era el grupo de hombres que lo acompañaban en sus viajes. Los discípulos se habían sentado a los pies de Jesús para oír sus parábolas. Con él navegaron por el mar de Galilea. Juntos fueron testigos de los milagros que hacía. No se trataba de desconocidos. Y aunque tuvieron sus conflictos internos (Judas, por ejemplo), el mandamiento de Jesús tenía sentido porque se conocían unos a otros.
Nuestro mundo es mucho más amplio que el mundo de los discípulos. Estamos conectados de maneras que ellos no habrían podido imaginar. Esto significa que nos encontramos, en forma personal o por la web, con mucha gente que no conocemos. Nuestra herencia metodista unida nos da una clave de cómo podemos amar a personas de las cuales no sabemos casi nada.
A lo largo de todo el mundo, los metodistas unidos estamos unidos por nuestra teología, testimonio y misión. Sabemos lo que es relacionarnos con gente que jamás hemos conocido. El reconocer nuestra conexión es parte de nuestro ADN.
Podemos aprender a reconocer todas las maneras en las que estamos conectados con nuestro prójimo cercano y lejano, porque compartimos el mismo planeta y somos amados por el mismo Dios. Si podemos reconocer estas conexiones, entonces damos el primer paso hacia amar a la gente que no conocemos.
Amar a la gente que nos desagrada
La Biblia está llena de gente desagradable. Jesús tuvo sus encontrones con líderes religiosos y políticos que le eran hostiles. Pablo fue perseguidor implacable de la iglesia primitiva. El rey David cometió actos desastrosos uno tras otro. Había cobradores de impuestos, cambistas, terratenientes corruptos, sacerdotes negligentes y hasta profetas enojones cuyas historias se entretejen con las de los santos, mártires y la del Mesías.
Lo que todos estos personajes antipáticos tienen en común es que Dios los ama a todos.
En Mateo 22, un experto en la ley le preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más importante. Jesús respondió diciendo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” y “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (22:37-38, NVI).
Notemos que la única condición que Jesús impone al mandamiento de amar al prójimo es que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. No se emiten excepciones en base a su carácter desagradable, su personalidad o alguna ofensa que nos hayan hecho.
Debemos orar para conseguir la fortaleza mental y espiritual para amar al prójimo, incluso al que es molesto y desagradable. Esto es lo que Jesús espera de nosotros.
Amar a quienes parecen ser una amenaza
El mundo está lleno de gente que no lucen como nosotros, que no piensan como nosotros y que tienen valores distintos a los de nosotros. Algunos hasta nos desean mal. No obstante, Jesús no pone condiciones a los límites de nuestro amor. Estamos llamados a amar hasta a la gente que parecería ser una amenaza. Afrontar una tarea tan difícil es todo un desafío.
En su libro, Jesus and the Disinherited, el teólogo Howard Thurman escribe que al tratar con los que nos amenazan, primero debemos “atacar la condición de enemigo”. Lo que quiere decir es que debemos transformar cómo percibimos a nuestros oponentes como primer paso hacia el aprendizaje de cómo amar al enemigo.
Lo que debe ocurrir entre nosotros y nuestros enemigos es un cambio de nuestro corazón. No debemos permitir que el miedo y el odio echen raíces en nosotros. Según Thurman, debemos cultivar un amor activo que transciende el conflicto y que entabla relaciones.
Jesús concuerda, y lo expresa cuando manda a sus discípulos: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:44, NVI). La clave está en orar por nuestros enemigos y esforzarnos por reconocer que también son amados por Dios.
La historia del mundo ofrece muchas historias de personas que aprendieron a amar así. Martin Luther King, Jr., y Nelson Mandela sobresalen como héroes que se negaron a someterse al odio de aquellos que querían hacerles daño. Pero no necesitamos ser alguien especial para vencer el odio del enemigo.
Esta no es una tarea fácil, pero el Espíritu Santo nos ayudará. La oración ferviente por nuestros enemigos y por nuestra fortaleza en medio de las amenazas, nos permitirá lograrlo.
¿Cómo amamos a TODAS las personas?
Reconozcamos que estamos todos conectados.
Reconozcamos que todos somos amados por Dios.
Oremos pidiendo la fortaleza del Espíritu Santo.
Estas tres sencillas acciones nos llevaran a amar a todos con un amor más grande del que podamos imaginar.
Nate Abrams es estudiante de primer año en el programa de Maestría en Divinidad de Candler School of Theology, en Emory University. Ha servido como líder laico en la Conferencia Anual Georgia Norte (2021-2024). Nate vive en Marietta, Georgia, con su esposa, quien es presbítera ordenada de la IMU, sus dos hijos y su perra Rose. Disfrute de sus escritos visitando nateabrams.substack.com