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Nos conocen y nos aman: encontrando comunidad

La Rev. Judy Flynn (derecha) da la bienvenida a Carmon Yeager, para el servicio de Resurrección en la Iglesia Metodista Unida Bethel, Junior, West Virginia. Foto por Mike DuBose, UMNS.
La Rev. Judy Flynn (derecha) da la bienvenida a Carmon Yeager, para el servicio de Resurrección en la Iglesia Metodista Unida Bethel, Junior, West Virginia. Foto por Mike DuBose, UMNS.

Quizá usted esté pensando en comunidad, soledad y pertenencia. Yo también pienso en estas cosas. Hoy mismo, muchos de nosotros sobrevivimos haciendo lo que podamos a través del contacto virtual y el contacto social limitado y distanciado que tenemos. Pero no es lo mismo que el contacto cara a cara prolongado e íntimo.

Antes de la pandemia Covid-19, ya se hablaba acerca de la epidemia de la soledad.

La Administración de Recursos y Servicios de Salud (The Health Resources and Services Administration, HRSA), una agencia del Departamento federal de Salud y Servicios Humanos (U.S. Department of Health and Human Services), cita estudios que indican que “la soledad y el aislamiento social son tan dañinos para la salud como fumar 15 cigarrillos al día… y el problema es particularmente agudo entre la gente de edad, especialmente durante los días festivos”.

El HRSA nota, “como una fuerza que forma nuestra salud, la atención médica no se compara a las circunstancias comunitarias en las que vivimos. Pocos aspectos de la comunidad son más poderosos que el grado de conexión y de apoyo social que la gente recibe”.

La importancia de estar conectados

En 2013, fuimos forzados a trasladarnos a otro lugar, lo cual afectó nuestra conexión. Grandes cambios se produjeron en la universidad cristiana donde mi esposo y yo trabajábamos, y nos despidieron. Fue una experiencia terrible y traumática que se vio agravada por la incertidumbre económica de tener que enfrentar el desempleo.

Gracias al cielo, mi esposo encontró trabajo de inmediato. Eventualmente yo también. Con todo, nada podía reemplazar la pérdida de nuestra comunidad y amigos cercanos.

Tenía amigos muy queridos que nos ayudaban a cuidar y amar a nuestras hijas, o que nos invitaban a cenar en cualquier momento y viceversa. Sea en gozo, pena, celebración o crisis, teníamos amigos, teníamos una comunidad que velaba por nosotros.

Una nueva conexión

Poco después de esta mudanza forzada, un pastor metodista unido, el Rev. Larry Kreps y su esposa, Marti Kreps, se pusieron a conversar con mi esposo cuando él cortaba el césped. Ocurrió que pasaban por nuestra casa en su caminata diaria por el vecindario.

Eventualmente, nos invitaron a su casa, a su iglesia, y cuidaron de nuestras niñas. Nos amaron justo después de una experiencia traumática y dolorosa. El pastor asociado, Debbie Kaylor, hizo lo mismo.

Tiempo después, Larry y Marti empezaron un grupo pequeño y nos invitaron a ser parte de él. Ahora nuestro vecindario conocía nuestros nombres, sabíamos que existíamos y realmente se preocupaban de si vivíamos o moríamos.

Jamás me olvidaré del cuidado que mostraron al detenerse a conversar con nosotros e invitarnos a su hogar y después al grupo pequeño. Encarnaban el amor y la hospitalidad cristiana.

Algo raro en estos días

Tuvimos que mudarnos otra vez y al presente estamos empezando nuevas amistades y comunidad. Es extremadamente difícil aunque asistimos a una linda iglesia metodista unida. Encima de todo esto, la pandemia de Covid-19 es un estorbo para juntarnos con otros.

Conocidos y amados

En cuanto a mí, quiero ser conocida, amada y cuidada por otros. Pero también quiero extender la hospitalidad que Larry y su esposa nos extendieron. Quiero extender el cuidado y amistad que nos dio Debbie.

Una forma de lograrlo es a través de grupos pequeños, pero también necesitamos encontrar otras maneras creativas para recibir a otros en nuestras vidas, en la vida de la iglesia y en nuestro mundo. El cultivar y sostener amistades y una comunidad cristiana saludable es algo contracultural.

Pero es el camino de Jesús. Juan 1:14 nos dice que el Verbo (Jesús) se hizo carne y vivió entre nosotros. Jesús recibió a otros en su vida y comunidad. Nosotros debemos hacer lo mismo. Exige mucho esfuerzo y no siempre es cómodo. Pero es un asunto de vida o muerte, y vale la pena.

La comunidad que mi esposo y yo teníamos jamás podrá ser reemplazada, está en el pasado. Pero esto no significa que se nos niegue el contribuir a formar nuevas comunidades donde nosotros y otros son conocidos y amados. Ninguno de nosotros podemos sobrevivir por mucho tiempo sin amigos, conexión y apoyo social.

Mi oración es que usted haga un esfuerzo concreto e intencionado para extender su amistad y comunidad a otros. Que usted sea conocido y amado.

Marlena Graves es autora de The Way Up Is Down: Becoming Yourself by Forgetting Yourself. Escuche el podcast de Marlena en Get Your Spirit in Shape.