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Nuestras raíces cristianas: El Espíritu Santo

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El Espíritu Santo es la actividad de Dios presente entre nosotros. Cuando percibimos la guía de Dios, el reto de Dios o el apoyo o consuelo de Dios, decimos que eso es obra del Espíritu Santo.

En hebreo, las palabras para Espíritu, viento y aliento son casi la misma. Lo mismo sucede en griego. Al tratar de describir la actividad de Dios entre ellos, los antiguos estaban diciendo que era como el aliento de Dios, como un viento sagrado. No podía ser visto o tocado: "El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va" (Juan 3:8). Pero el efecto del Espíritu de Dios, como el viento, podía sentirse y conocerse. ¿Dónde hallamos evidencia de la obra del Espíritu?

En la Biblia

El Espíritu se menciona a menudo por toda la Biblia. En Génesis un "viento de Dios se movía sobre la superficie de las aguas", como participando en la Creación (1:2). Más tarde, en el Antiguo Testamento (Biblia Hebrea), leemos con frecuencia sobre "el Espíritu del Señor".

En el relato de Mateo sobre el bautismo de Jesús, Jesús "vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él" (3:16) y "luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo sometiera a tentación" (4:1). Después de su Resurrección, Cristo les dijo a sus discípulos: "cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder" (Hechos 1:8). Unas semanas después, el Día de Pentecostés, pasó esto: " De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento…  Todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2:2-4). Como testifica el Libro de Hechos y las cartas de Pablo, desde ese momento, los primeros cristianos estaban claramente conscientes de que el Espíritu de Dios dirigía a la nueva iglesia.

En la guía, consuelo y fortaleza

Hoy continuamos experimentando el aliento de Dios, el Espíritu de Dios. Como dice uno de nuestros credos: "Creemos en el Espíritu Santo, Dios presente entre nosotros para darnos guía, consuelo y fortaleza" (Himnario Metodista Unido, No. 884). Sentimos el Espíritu cuando estamos solos; quizás en la oración, en nuestro estudio de las Escrituras, en la reflexión sobre una decisión difícil o en el recuerdo de un ser querido. La caricia del Espíritu es intensamente personal.

Quizás estemos aún más conscientes del Espíritu Santo en la comunidad de creyentes: la congregación, la clase de escuela dominical o el grupo comunitario, el comedor para pobres, el comité de planeación, la reunión de oración, la familia. De alguna manera, el Espíritu nos habla por medio de la interacción considerada y amorosa del pueblo de Dios. El Espíritu Santo, que dio vida a la iglesia, aún la está guiando y sosteniendo, si tan solo la escuchamos.

En los dones que recibimos

¿Qué efecto tiene el Espíritu Santo en nuestras vidas? ¡Las transforma! Al renovarnos y fortalecernos para la obra del ministerio.

  • Frutos: Jesús dijo: "Por sus frutos los conocerán" (Mateo 7:16). ¿Qué tipo de fruto? Pablo asegura que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22).
  • Dones: Pablo también escribe que el Espíritu otorga dones espirituales a los creyentes. En 1 Corintios 12:8-10 enumera nueve, que varían de una persona a otra: palabra de sabiduría, palabra de conocimiento, fe, dones para sanar enfermos, poderes milagrosos, profecía, el discernir espíritus, el hablar en diversas lenguas, el interpretar lenguas.

Estos frutos y dones no son un logro nuestro. Junto con otros, son producto de la obra del Espíritu en nosotros, por la gracia, a través de nuestra fe en Jesús el Cristo. Y no se conceden para nuestro beneficio propio. Por medio de estos frutos y dones, el Espíritu Santo nos empodera para el ministerio en el mundo.

Del Manual del Metodista Unido, Revisado por George Koehler (Recursos de Discipulado, 2006), pp. 84-85. Usado con permiso.

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