El vivir las enseñanzas de Jesús comienza con hacerse presente

Cada invierno, los campos alrededor de Plant City (Florida), rebosan de fresas. Los visitantes acuden en masa al festival anual para disfrutar los batidos de fresa y tomarse fotos, pero pocos prestan atención a las manos que recogen la fruta al amanecer. Menos aún se fijan en los niños de los trabajadores sentados en las aulas locales horas más tarde, esforzándose por aprender un idioma extranjero.

Una mañana, un alumno mío llamado Ramón me saludo y de inmediato me preguntó, “pastor, ¿Dónde está Dios?” La noche anterior, el amigo de su padre había fue a comprar una cena cuando los agentes de ICE lo arrestaron. Nunca regresó a casa.

No pude responder de inmediato, y gracias a Dios que no traté de inventar una respuesta. Más bien me senté junto a él y lo escuché.

Durante años, con sinceras intenciones y una sana exégesis bíblica prediqué del púlpito acerca de los inmigrantes. Pero el predicar desde lejos le permite a uno sentirse fiel sin tener que experimentar una transformación verdadera.

Es fácil hablar de la gente que uno no conoce verdaderamente. Hace tres años, Dios me llamó a entrar en la incomodidad. Me llamó a parar de simplemente hablar de estos jóvenes y a caminar junto a ellos.

La Palabra llega a los campos

El Evangelio de Juan captura este movimiento con simpleza: “Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Juan 1:14 NVI). Dios no envió un mensaje abstracto desde la lejanía. Cristo vino y se movió al vecindario, compartió su comida y caminó en los caminos polvorientos de la vida diaria.

Pablo describe cómo Cristo “se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo” (Filipenses 2:7, NVI). La humildad se mantiene como un desafío estándar. Mientras que el púlpito puede fomentar el orgullo, los pasillos de la escuela secundaria rápidamente revelarán nuestras limitaciones. Allí uno no es experto, sino invitado.

Los metodistas unidos hacemos énfasis en la santificación que es aquel medio de gracia que nos transforma a la imagen de Cristo. He aprendido que gran parte de esta transformación no ocurre cuando uno habla, sino cuando escuchamos en silencio.

¿Dónde está tu ciudad?

Toda comunidad ha descuidado a los vecinos. Les comparto algunas maneras prácticas para involucrarse:

  • Comuníquese con el programa de inglés para hablantes de otros idiomas (ESL) de la escuela local para discutir sus necesidades específicas, escuchando antes de ofrecer soluciones.
  • Ofrézcase como voluntario para dar tutoría o mentoría. También podría ayudar a las familias a navegar las comunicaciones de la escuela.
  • Asista a una audiencia o vigilia de inmigración para observar, escuchar y mostrar solidaridad.
  • Colabore con otras congregaciones locales que sirven activamente a las familias inmigrantes.
  • Apoye y trabaje con los ministerios hispanos de su área que carecen de recursos.

Fui un extranjero

Jesús declaró: “fui forastero y me dieron alojamiento” (Mateo 25:35, NVI). Nos recordó que todo lo que hagamos por los más pequeños, lo hacemos por él. Esto cambia nuestra perspectiva: No se trata de simplemente ayudar a los demás, sino de encontrar a Cristo en sus rostros. Estos estudiantes me han enseñado que la educación trae esperanza a las familias que han cruzado la frontera en busca de un futuro mejor. Llegué con la intención de servirlos, pero fueron ellos los que me evangelizaron.

Historias que no pueden negarse

Mientras que la política y la teología suscitan debates interminables, las historias auténticas tocan el corazón. Cuando alguien le pidió a Jesús que definiera la palabra “prójimo”, él contó la parábola del Buen Samaritano, para enseñar a los que escuchaban a mostrar compasión activa (Lucas 10:36–37).

El escuchar a los estudiantes me llevó a lugares donde estas historias ocurren todos los días. En las vigilias afuera de los centros de detención para inmigrantes en Everglades, oramos junto a familias que esperaban oír acerca de sus seres queridos. No asistí para dar un discurso, sino para ofrecer mi presencia y solidaridad.

La esperanza que vi en sus rostros me conmovió profundamente. Sabiendo que desconocidos oraban junto a ellos les aseguraba que no habían sido olvidados. Mi presencia proveyó lo que las palabras no podían expresar: La seguridad de que eran vistos.

Los Principios Sociales de nuestra iglesia afirman la dignidad de los inmigrantes y nos llaman a darles la bienvenida. El afirmarlos de verdad requiere nuestra presencia tangible, no tan solo nuestras palabras.

El evangelio nos recuerda que el Verbo se hizo hombre y vivió junto a nosotros. Nuestro más profundo testimonio raramente ocurre detrás del púlpito. Más a menudo ocurre en una tarde común en una sala de clase donde elegimos hacernos presentes para escuchar.

Originario de Puerto Rico, el Rev. Juan Marcos Garay ha sido pastor y plantador de iglesias por 25 años. Actualmente es pastor de la Iglesia Metodista Unida Grace en Lithia, Florida. Su ministerio subraya el ser mentor de jóvenes, acompañar a las familias inmigrantes y edificar comunidades fundadas en el amor de Cristo.

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