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¿Necesitamos la institución para hacer iglesia?

La cruz que descansa sobre el campanario de la capilla de Perkins School of Theology, en el campus de Southern Methodist University, en Dallas. Foto por Kathleen Barry, Comunicaciones Metodistas Unidas.
La cruz que descansa sobre el campanario de la capilla de Perkins School of Theology, en el campus de Southern Methodist University, en Dallas. Foto por Kathleen Barry, Comunicaciones Metodistas Unidas.

¿Quieren que sea franca? La palabra “institución” me da urticaria. Cuando escucho la palabra “institución” no puedo evitar pensar en sus características negativas. Pienso en sistemas injustos. Pienso en las políticas rígidas y restrictivas que existen en las actuales instituciones educacionales, gubernamentales, bancarias, de salud, etc. Hay tantas políticas que erosionan la viabilidad y esperanza de los vecindarios. Pienso en instituciones que sólo buscan el lucro en lugar del bien común. Pienso en regulaciones sobre regulaciones para avanzar una pulgada entre tanta burocracia. Pienso en la actitud de “nosotros en contra de ellos”. Pienso en acuerdos y negociaciones que se hacen tan las bambalinas para lograr lo que se busca a toda costa.

Se dice que se necesitan unas cinco experiencias positivas para contrarrestar una mala experiencia.

Pienso que el mismo malestar que siento cuando escucho la palabra “institución” lo sienten mis amigos cuando escuchan la palabra “iglesia”. Duele. Así que, decidí ver cuál es la definición que el Diccionario Miriam Webster da a la palabra institución, ya que proclamo ser estudiosa.

ins·ti·tu·ción

a: organización o corporación establecida (como un banco o universidad), especialmente de carácter público.

Por cierto que la iglesia podría considerarse como una organización de individuos con un interés común que busca tener un carácter público en lugar de un esfuerzo exclusivamente privado. Iglesias específicas como la Iglesia Metodista Unida también son establecidas en el sentido de que pueden ser reconocidas y aceptadas por los gobiernos de varios países en todo el mundo. La ley de nuestra iglesia (esto es, el Libro de la Disciplina) contiene provisiones que afirman que, como ciudadanos, mostramos obediencia a las leyes civiles de nuestros respectivos gobiernos. Estamos en y a favor del mundo.

b: instalación o establecimiento en el cual la gente (tales como los enfermos y necesitados) vive y recibe atención, por lo general en un entorno confinado y a menudo sin su consentimiento individual.

Mis amigos que han sido lastimados, marginados o expulsados por la iglesia, reconocen que la palabra “iglesia” cae bajo esta definición. Experimentan un entorno confinado al cual han sido llevados sin su consentimiento para recibir lo que la iglesia percibe como cuidado. Un edificio. Cuatro paredes frías.

c: práctica, relación u organización significativa en una sociedad o cultura: algo o alguien firmemente asociado con un lugar o cosa.

Muchos de nosotros concordaremos que la iglesia ha sido una organización, relación y práctica en las diferentes culturas del mundo. También esperamos y oramos que quienes nos ven nos tengan como una entidad firmemente asociada con nuestra devoción a Jesucristo. En su mejor momento, la iglesia ha elevado e impactado la sociedad y cultura en una forma positiva, cuando manifiesta los frutos del Espíritu Santo (amor, gozo, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, amabilidad y autocontrol). En su peor momento, la iglesia ha afectado a la sociedad y cultura en forma negativa con su colonialismo, segregación, racismo, sexismo, homofobia y superioridad religiosa.

Supongo que la Iglesia Metodista Unida y otras iglesias establecidas no escapan esta definición de lo que es una institución. ¿Pero no somos llamados a ser más que esto? Debe haber una razón de por qué tenemos el nombre de Iglesia Metodista Unida, en lugar de Institución Metodista Unida. Quizá el Libro de la Disciplina nos dé algunas respuestas.

El preámbulo de la Constitución de nuestra iglesia describe exactamente qué tipo de institución es una iglesia y cuál es su fin:

“La iglesia es una comunidad de todos los verdaderos creyentes bajo el señorío de Cristo”. [el subrayado es mío]

– Preámbulo a la Constitución de la Iglesia Metodista Unida, Libro de la Disciplina 2016

Cuando decimos ser la “iglesia” estamos reconociendo nuestro compromiso, no solo a Cristo como autoridad última en nuestras vidas por encima de todo los demás, sino también a nuestro prójimo en la comunidad: una palabra que no se usa fácilmente en la definición de lo que es una institución, quisiera añadir.

“Es la comunión redimida y redentora en la cual la palabra de Dios se predica por personas llamadas divinamente, y los sacramentos son administrados debidamente según el propio mandato de Cristo”. [el subrayado es mío]

– Preámbulo a la Constitución de la Iglesia Metodista Unida, Libro de la Disciplina 2016

La iglesia no es sólo una comunidad que ha sido redimida por la vida, muerte y resurrección de Cristo, rescatada por la gracia y amor incondicional de Dios a fin de impedir que el poder del mal en el mundo consuma y gobierne completamente nuestras vidas. La iglesia también es una comunidad que redime a otros a través del Espíritu Santo que nos fortalece para asociarnos a Cristo a fin de sanar el quebrantamiento producido por el mal. El que seamos una comunidad redimida no quiere decir que la comunidad esté libre de caer en la tentación bajo el poder del mal. La relación que hay entre la iglesia y Dios es una avenida de dos vías. Todavía podemos elegir a qué señor servimos. En cualquier momento, tenemos la opción de aceptar el don de la redención en el poder de Jesucristo, quien nos entrega una vida abundante y plena, o bien rechazar dicho don a favor del poder del pecado que nos divide. Esta última opción sólo busca nuestro propio beneficio, en lugar que el bienestar de nuestro prójimo. Busca crear jerarquías de superioridad que quebrantan el mundo. Somos humanos y esta disyuntiva que experimentamos a diario es una batalla más dura de lo que quisiéramos admitir. Sólo queremos cuidar de lo nuestro, lo cual es más fácil. Queremos cosas concretas y tememos lo desconocido. El discipulado es la clave para combatir en esta batalla -para vivir como hemos proclamado que viviremos, esto es, bajo el señorío de Jesucristo, quien valora el amor y la integridad por sobre la injusticia y el quebrantamiento.

La importancia de hacer discípulos

 

En el antiguo mundo greco-romano, la palabra griega que usamos para “discípulo” es mathētēs, lo cual simplemente quiere decir “aquel que aprende”. Poco a poco, la palabra tomó el sentido de alguien comprometido con las enseñanzas particulares de un maestro, escuela de filosofía, una ciudad o estado, o figura religiosa.[1] No sorprende que en la Biblia los discípulos llamen a Jesús, “rabino” (maestro). Como explica el erudito David Bauer, hubo diferencias significativas entre el discipulado que los rabinos judíos exigían y el discipulado que Jesucristo requería.

Primero, los rabinos no se acercarían a individuos para invitarlos a ser sus discípulos o estudiantes. El discípulo tenía que rogarle al rabino que le permita estudiar con él. Jesús subvirtió el estatus quo y personalmente llamó a cada discípulo a que lo siguiese (Marcos 1:16-20; 2:13-14; Juan 1:43; 6:70; 15:16).[2] No solo esto. Fijémonos en la diversidad de discípulos que Jesús llama e invita. No tienen una sola ideología. Los discípulos abarcan todo el espectro, desde modestos pescadores hasta un apasionado activista que deseaba destruir el gobierno romano opresivo, y hasta un recaudador de impuestos que prosperaba gracias a dicho gobierno. Mientras tanto, hoy nos disgusta el solo pensar en la siguiente conversación que tendremos en una comida con familiares que piensan lo opuesto a lo que nosotros pensamos. Jesús llamó a todas la voces a la mesa, y se nos pide que hagamos lo mismo como discípulos de Jesús que decimos estar bajo su señorío.

Segundo, en lugar de pedirle a los discípulos que se centren solo en la Tora (esto es, en los primeros cinco libros de la Biblia Hebrea: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), tal como los rabinos lo exigían a sus discípulos, Jesús fue más allá. Jesús requirió un compromiso total con la encarnación y seguimiento del ministerio de Jesús[3]: Una forma de vida que subvirtiese el estatus quo de injusticia y la búsqueda de poder terrenal que se imponía sobre la gente en ese tiempo (Mateo 20:25-28; Marcos 10:42-45; Lucas 22:25-27). Se trataba de una vida que inevitablemente haría que el mundo los persiguiese, ese mundo que se adora a sí mismo y su propio estatus. Jesús inculcaba una vida que dé honra a Dios, ofreciendo algo mejor a sus adherentes: Resurrección y nueva vida. Que no nos equivoquemos. Jesús no vino a descartar del todo la Tora que los rabinos estudiaban. Buscó estar lleno de la Tora (conocida como la ley de Dios) y del mensaje de los profetas a fin de volver a Dios en lugar de seguir el camino hacia la deterioración de la amada creación de Dios. Por tanto, como estudiantes y discípulos de Cristo, se nos llama a que hagamos los mismo. Debemos encarnar la Escritura en nuestras propias vidas y volvernos a Dios en lugar de seguir el mal que destruye.

Por último, en lugar de esperar que los discípulos se convirtiesen en expertos en la ley, como los discípulos de los rabinos, Cristo le requirió a sus discípulos que se conviertan en aquellos que son enviados a proclamar las buenas nuevas y a crear discípulos en todas las naciones. [4] La declaración de misión de la Iglesia Metodista Unida hace eco de esta misión.

“La misión de la Iglesia Metodista Unida es hacer discípulos de Jesucristo para la transformación del mundo”.

– ¶120 Libro de la Disciplina 2016

Observemos que la Gran Comisión, tal como se describe en Mateo 28:19-20, no busca crear convertidos o creyentes. Se centraba específicamente en crear discípulos que siguieran el camino y mandamientos de Jesús. Si ponemos el discipulado primero, el creer seguro que vendrá después de parte de aquellos que verán la verdadera encarnación de Cristo. Este nuevo tipo de discipulado al que Jesús nos llama reclama la bondad de Dios en nosotros y nos permite compartirla con los demás. En un mundo magullado por la opresión y el mal, la gente notará esta bondad. La fe surge solo cuando se produce un buen fruto. ¿De qué otra manera podrá el mundo saber si la vid a la que decimos estar conectados realmente da vida en lugar de veneno? (Mateo 7:16-20). De modo que, para poder ser una “comunidad redentora”, debemos abrazar el don del Espíritu Santo que fue conferido a los discípulos de Cristo y compartir sus frutos con quienes nos rodean, inspirando a otros a hacer lo mismo.

Bajo la disciplina del Espíritu Santo, la iglesia busca proveer para el mantenimiento de la adoración, la edificación de los creyentes, y la redención del mundo”. [el subrayado es mío]

– Preámbulo a la Constitución de la Iglesia Metodista Unida, Libro de la Disciplina 2016

Los discípulos responden al llamado único de Jesús, para seguir su estilo de vida que vence toda muerte por el poder del Espíritu. A través de Espíritu Santo, son capaces de escuchar el llamado de Jesús para volverse a Dios y recibir las buenas nuevas de Dios, salvándonos del poder del mal (Marcos 1:14-15; Lucas 24: 46-47). Fortalecidos por el Espíritu Santo, los discípulos pueden escoger el poder vivificante de nuestro creador que irradia amor incondicional para todos, y rechazan el poder opresivo y destructor del mal que llena nuestro mundo de hoy.

No es fácil hacer discípulos, y es más difícil aun ser un discípulo. El grupo original de discípulos tampoco dieron en el blanco la primera vez. El llamado a ser discípulos es difícil en un mundo que se burla y nos menosprecia por atrevernos a elegir el amor en lugar que el odio, por tener el valor para disturbar el estatus quo de injusticia a favor de la igualdad y la compasión para los marginados. ¡Qué insolentes somos por creer que toda la gente ha sido creada a la imagen de Dios! Es fácil descansar en legislación, en un libro o un programa para realizar la labor de hacer discípulos de nosotros, pero como iglesia, como comunidad de creyentes que proclamamos que Jesús es nuestra autoridad sobre toda otra autoridad, se nos llama a ser discípulos, escogiendo andar diariamente en el camino de Cristo en lugar de vivir en la forma egoísta del mundo. Es así como inspiramos a otros a seguir a Cristo por la gracia de Dios. En una sociedad contusionada por la guerra, la violencia, el odio, la supremacía y la injusticia, necesitamos que los discípulos tomen su cruz fortalecidos por el Espíritu Santo que les brinda guía y discernimiento. Necesitamos discípulos que sean educables, comprometidos a una vida de aprendizaje y crecimiento en Cristo, descubriendo y abrazando los dones únicos que Dios les entrega para que vivan su propia y auténtica encarnación de Jesús. Es esta encarnación del amor divino mismo lo que puede cambiar el mundo. Si no producimos discípulos que siguen el camino de Jesucristo, somos tan solo otra institución, atrapados en nuestro propio búnker ideológico, viviendo para nosotros mismos, en lugar de vivir para nuestro creador.

Ahora que la Iglesia Metodista Unida enfrenta la oportunidad de reestructurarse y recalibrarse como iglesia, debemos mirarnos en el espejo, examinar nuestros frutos y hacer las preguntas difíciles:

  1. Como institución, estamos realmente creando discípulos de Jesucristo, o simplemente estamos creando discípulos de nuestras normas y políticas institucionales?
  2. En la legislación que gobierna la iglesia, ¿estamos dejando espacio para que el Espíritu Santo nos guíe o lo estamos sofocando?
  3. ¿Estamos proveyendo de espacio valerosos para que los discípulos de Cristo sean edificados y aceptados tal como Dios los creó junto con su propio llamado único que Dios les entregó en sus vidas?

Las buenas nuevas son que no estamos solos en nuestros esfuerzos para avanzar en el discipulado y el aprendizaje. Creo que el Espíritu Santo de Pentecostés está listo para renovar plenamente nuestro compromiso con Cristo a lo largo de toda nuestra vida y nuestras comunidades para transformar el mundo, en lugar de simplemente reflejarlo. Debemos tomar una decisión: ¿Somos primero que todo la iglesia o somos una institución? Que Dios nos dé el don de vivir nuestra misión de ser la iglesia que Cristo nos llama a ser, creando discípulos de Jesucristo para la transformación del mundo.


Shandon Klein es candidata certificada para la orden de presbítera de la Conferencia Texas Norte de la Iglesia Metodista Unida. También es delegada laico a la Conferencia General. Actualmente, sirve en la Primera Iglesia Metodista de Richardson, y está por explorar su vida intelectual ahora que, en el otoño de 2021, tomará sus estudios de doctorado en ética religiosa en el programa de estudios religiosos de Southern Methodist University. Shandon siente una pasión por plantar iglesias multiétnicas y busca ser un puente entre la vida académica y la iglesia local.

 


[1] The New Interpreters Dictionary of the Bible, D-H: Volume 2, “Disciple, Discipleship,” David R. Bauer, Nashville: Abingdon Press, 2007, 128

[2] Ibid, 129.

[3] Ibid.

[4] Ibid.