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¿Cuál es el legado de tu fe?

Chardon United Methodist Church
Chardon United Methodist Church

¿Qué o quién moldeó tu actual entendimiento de la fe? ¿Qué experiencias tempranas influenciaron tu conducta religiosa? ¿Esperas transmitir estas experiencias a otros?

Krista Tippett es una de las escritoras que está en la lista de bestsellers del New York Times, ha ganado una medalla de National Humanities y es quien cada semana dirige el show On Being en NPR. A menudo empieza sus entrevistas con la pregunta: ¿Cuál es tu trasfondo religioso o espiritual en tu niñez? Invitados de un sin número de trasfondos participantes en la conversación acerca de los aspectos religiosos y espirituales de la vida, acerca de lo que significa ser un ser humano, cómo es que queremos vivir y quién seremos unos con otros.

¿Qué es un legado espiritual?

La tradición y la forma en que nos criaron informan nuestra fe en muchas formas sorprendentemente relevantes.

¿Cuál es tu legado espiritual?

Encontré que estas son buenas preguntas cuando empecé a reflexionar en mi propio entendimiento de la fe y en qué experiencias me formaron a mí y mi conducta espiritual. Al crecer como hija de pastor, nunca tuve una falta de experiencias que me moldearon. ¿Qué mejor forma de aprender lo que es los Estados Unidos que crecer como inmigrante en una pequeña ciudad de Iowa? Al ver cómo me miraba la gente cuando decía que mi papá era pastor metodista unido, lo entendía comparándolo con ser una hija de un militar, mudándose de un lugar a otro después de algunos años.

Como parte de la generación 1.5 filipina-americana –una designación que los científicos sociales usan para referirse a quienes emigran a un nuevo país antes de llegar a la adolescencia– tuve diferentes experiencias y oportunidades para explicar quién era y cómo me presentaba a otras personas. El vivir más tarde al sur de California y en Seattle también me afectó porque no me sentía como una extraña. Como filipina-americana no me sentía como minoría.

Mis padres se casaron y sirvieron varios años como misioneros en Papúa Nueva Guinea, enseñando y proveyendo cuidado de la salud a la gente del lugar. Allí nacimos mi hermana y yo. Después la familia emigró a los Estados Unidos a principios de la década de los 80. Mi padre había terminado su bachillerato en divinidad en Union Theological Seminary, en las Filipinas, y fue aceptado en los programas MA y PhD en el programa de estudios interculturales del Seminario Fuller. Su disertación abordó la relación entre la fe cristiana y la responsabilidad social en el contexto filipino, centrándose en las diferentes respuestas a la crisis de la pobreza, la corrupción política y gubernamental, el quiebre moral y cultural y espiritual de aquel entonces. Después de la universidad, mi madre trabajó como enfermera en la comunidad, lo que sigue haciendo hoy en la salud pública sirviendo a quienes carecen de acceso a la salud.

Comparto esto porque cuando pienso en el legado de mi fe, también pienso cómo la fe, la cultura y la justicia se entrelazan en mi vida. Pienso en mis padres y los millones de otros filipinos que dejaron su país en busca de mejores oportunidades con la esperanza de volver a las Filipinas. Estas oportunidades les permitieron sostener a sus familias y enviar dinero a los familiares que dejaron en su país de origen. Pienso en la gente que alojaron con nosotros cuando pasaban por nuestra ciudad; pienso en tantas familias que mis padres ayudaron al compartir sus propias experiencias de inmigración, las muchas comidas en las que añadimos gente a la mesa y la despensa que creamos para que los estudiantes pudieran tener una merienda.

Filipino Flag

Entre tantas mudanzas y una “familia” compuesta de familiares así como de tíos y tías que encontramos en el camino, el hogar fue lo que hicimos de él. Y nuestro hogar era siempre el lugar donde todos eran bienvenidos.

En mi hogar escuchábamos con frecuencia frases como “teología de liberación” y “praxis misionera”. Pero antes de que yo pudiera articular un entendimiento teológico de dichas expresiones y del amor, Dios y el Espíritu, yo ya sabía en lo profundo de mi ser que el Dios de quien escuchaba en la iglesia y en mi casa, y la fe que mis padres demostraban, era un Dios de inclusión y hospitalidad.

Incluso cuando mi familia experimentó la xenofobia encubierta en halagos fingidos o comentarios racistas de parte de los oficiales de inmigración o de la policía, nuestra postura fue siempre una de gracia, contemplando el largo arco de la justicia de Dios en el horizonte. ¿Cómo podría ser Dios ninguna otra cosa que amor, si eso era lo que se modelaba en mi hogar? Se modelaba una expectación de cómo debíamos conducirnos en todo lugar.

Como persona adulta con mi propia familia, no es raro que haya una mezcolanza de gente sentada alrededor de nuestra mesa, quizá gente que no tenía dónde ir en ese día festivo. Podríamos organizar una reunión improvisada para procesar lo que pasaba después de algo como la emisión de la Orden Ejecutiva 13769 (prohibición de musulmanes) o una protesta frente a la mansión del gobernado para exigir la expansión de Medicaid.

Escribo esto como madre que todavía trabaja 6 días a la semana porque los trabajadores de la salud pública son trabajadores esenciales. Escribo esto mientras que recibo reflexiones de mi padre en su diálogo con las noticias del día desde la sala de su casa en Guam.

Hace poco encontré un PDF de la disertación de mi padre, donde plantea que la liberación es más que una ideología, debe practicarse.

Llegué a ser una diaconisa de la Iglesia Metodista Unida porque creo que he sido llamada a una vocación de por vida a un ministerio de amor, justicia y servicio. ¿Cuál será el legado de fe que dejaré a mis hijos o a las generaciones venideras? Reflexiono en los mandatos puestos ante mí, modelados por la vida y ministerio de Jesús: Aliviar el sufrimiento; erradicar las causas de la injusticia y de todo lo que roba la dignidad y valor de la gente; facilitar el desarrollo de todo el potencial humano; y compartir en la construcción de una comunidad global a través de una iglesia universal.

¿Hay un legado histórico?

Fue un legado de fe promovido sin saberlo por el fundador del metodismo, Juan Wesley. Wesley se comprometió a abordar los problemas de su día: deudores que estaban en la cárcel, derechos humanos, derecho al sufragio, la abolición de la esclavitud, la acumulación de riqueza, el cuidado de la creación, los derechos del pobre, los derechos de la mujer, el pluralismo. Todos estos problemas nos siguen preocupando. En medio de la pandemia de COVID-19, se han revelado o confirmado las desigualdades de muchos. Los activistas de todo el mundo demandan justicia para las mismas cosas por las que Wesley luchó.

Si soy capaz de responder afirmativamente a los mandatos que se colocan delante de mí y si me involucro en los problemas de hoy, entonces creo que he respondido a la pregunta: ¿Qué demanda el Señor?


Sophia Agtarap

Sophia Agtarap es diaconisa de la Iglesia Metodista Unida, una orden laica cuyo ministerio de por vida es el amor, la justicia y el servicio.  Sirve también como directora de comunicaciones en la Escuela de Divinidad de Vanderbilt. Le encanta explorar la interconexión entre comida y comunidad, y también las maneras en que podemos amar y servir al prójimo a través de esas intersecciones.