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Esperando en Dios

La cultura nos condiciona a buscar resultados inmediatos. La expresión “la paciencia es una virtud” parece que ya no tiene valor. Más bien preferimos “lo queremos ahora mismo”. Todo parece ir en busca de la gratificación instantánea.

Amazon ahora ofrece que recibamos nuestra orden el mismo día. También se ofrecen servicios de transmisión que nos entregan de una vez todos los episodios de una serie. Uno puede encontrar pareja con solo deslizar el dedo hacia la izquierda en el celular. Esperar por algo es anticuado. Si usted cree que esta moda no la afecta, dígame cuán calmada se siente cuando el WiFi se demora más de lo acostumbrado.

El deseo por la gratificación instantánea –la solución rápida– también se mete en la vida de fe. Lo admitamos o no, deseamos un Dios que sea como Superman que viene al rescate más rápido que una bala. Pero la vida no opera de esta manera, ni Dios tampoco, lo que a veces se ve como un obstáculo.

Mucha gente que conozco se ha alejado de Dios porque Dios “no estuvo allí”. Algunos hasta se sorprendieron que la vida se pusiera difícil después que entregaron su vida a Cristo. He escuchado decir, “Pensé que ahora la vida sería más fácil…”.

Creo que preferimos que Dios sea como un mago. De esa forma, toda la responsabilidad y la presión recae en Dios para que haga (o no haga) lo que queremos. A nosotros nos toca sentarnos y sorprendernos de la magia que hace. Queremos soluciones rápidas a problemas complejos. Pero las soluciones rápidas nada solucionan. Más bien ignoran la verdadera fuente del problema o mantiene lo que necesita ser arreglado. Así que, terminamos tratando de cambiar nuestra situación o entorno más que cambiarnos a nosotros mismos.

Esto no es lo que Jesús quería. Esta no es la forma en que ocurre la transformación. Jesús nos pide que participemos, que cooperemos, que caminemos a través de dolor y el sufrimiento con la promesa de que Jesús estará siempre con nosotros. Esta es la razón de que nuestro crecimiento y fe es un proceso, porque requiere transformación.

La parte difícil es que gran parte del crecimiento y la transformación surge del dolor y el sufrimiento. No sólo eso, toma tiempo. ¿Qué hacemos cuando la promesa que Cristo hizo de liberarnos toma una eternidad?

Hay un pasaje en Génesis en el cual Dios le dice a Abram: “No temas, Abram. Yo soy tu escudo, y muy grande será tu recompensa” (Gen. 15:1, NVI). Dios se refería a la promesa de que Abram y Sarai tendrían un hijo.

Pero ocurre que Dios ya le había dado esa promesa como diez años atrás.

Dios le dijo a Abram que Sarai –que era estéril– tendría un hijo. Quedaron muy contentos con la promesa. Los días pasaron, y no vino la preñez. Una semana, y nada. Las semanas se convirtieron en meses. Nada ocurrió. Los meses se convirtieron en años, y nada. Pasaron diez años.

¿Dónde se fue la promesa?

¿Por qué tomaba tanto tiempo?

Así que Abram le respondió a Dios diciendo: “SEÑOR y Dios, ¿para qué vas a darme algo, si aún sigo sin tener hijos, y el heredero de mis bienes será Eliezer de Damasco?” (Gen. 15:2 NVI).

La respuesta de Abram muestra desilusión y hasta amargura. Dos veces dice que todavía no tiene hijos. Parece cansado de esperar, así que pensaba entregarle sus bienes al mayordomo de su casa.

¿Podemos identificarnos con la desilusión de Abram?

Dios le responde de inmediato. Le asegura la promesa que su descendencia será numerosa como las estrellas del cielo. Entonces Dios le pide algo fuera de lo común:

“Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma. Abram llevó todos estos animales, los partió por la mitad, y puso una mitad frente a la otra, pero a las aves no las partió. Y las aves de rapiña comenzaron a lanzarse sobre los animales muertos, pero Abram las espantaba. Al anochecer, Abram cayó en un profundo sueño, y lo envolvió una oscuridad aterradora” (Gen. 15:9-12 NVI).

 

Aunque este evento nos parece extraño, era la manera común de hacer juramentos entre los reyes del tiempo de Abram.  Cuando los reyes hacían pactos, promesas, tratados unos con otros, el reino con más poder e influencia hacía que el rey menos importante cortase el animal en dos y que caminase entre las dos mitades del animal dividido. Era una forma de decir: “Si no cumples tu parte, te pasará lo mismo que le pasó a este animal partido en dos”.

Cuando vino la noche y se puso oscuro, una hornilla humeante con una llama de fuego pasó entre los pedazos del animal. Ese día el Señor hizo un pacto con Abram (Gen. 15:17-18).

Dios le hace una promesa a Abram. Pero es Dios quien pasa a través del animal cortado en dos. Dios tomó el lugar que le correspondía a la parte con menos importancia y poder. Dios caminó a través del animal dividido para mostrarle a Abram que planeaba cumplir su promesa.

Esta es una forma bastante compleja de decir que la promesa de Dios de “siempre estoy contigo” todavía es totalmente cierta. Es posible que usted esté pasando por un tiempo en que estas promesas parecen promesas vacías. Quizá esté pasando a través de uno de sus momentos más difíciles de su vida, y todo lo que siente es el silencio de Dios. A veces este silencio es tan fuerte que ensordece.

Usted quiere que el Dios mago se aparezca y que pronto termine con todo el sufrimiento que usted siente. Pero no podemos pasar rápidamente por el sufrimiento. No podemos saltarnos el dolor y el lamento y la desesperación. La única forma de sanar es pasar a través del dolor.

Caminamos a través del dolor sabiendo y confiando que aunque caminamos por el valle de sobra de muerte, nada tenemos que temer porque Dios está con nosotros. Hasta los viajes más tenebrosos vienen rodeados de cosas maravillosas.

Richard Rohr declara que la fidelidad de Jesús no le pertenece a ningún grupo de gente. Jesús no tiene afiliación política o religiosa. Más bien, Cristo anda con los crucificados. Más que cualquier grupo, Jesús es fiel al sufrimiento humano.

Quiero que el lector o la lectora de estas líneas sepan que Cristo está ustedes. Siempre lo ha estado y siempre estará. Algunas veces esto parecería ser completamente falso. Pero también se nos ha entregado el don de la comunidad, para que recordemos que no estamos solos. Hay gente que tendrá fe a nuestro favor cuando nosotros no podamos tener ni un grano de fe. Hay amigos y amigas que orarán por nosotros, que caminarán con nosotros, comerán con nosotros y nos hablarán. Y aunque la gente se olvide de usted, Dios no lo hará.

Dios siempre te tendrá presente. Cada aliento que tomamos nos recuerda que Dios nos mantiene y sostiene.


Joseph Yoo se mudó de la costa oeste para vivir en Houston, Texas, con su esposa e hijo. Sirve en Mosaic Church, Houston. Visite josephyoo.com.

[Publicado 19 de agosto, 2019]