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Libro de Resoluciones: Dando la bienvenida al migrante a EU

El contexto histórico

Desde el inicio de la creación los seres humanos han emigrado por todo el planeta. La historia de Estados Unidos es una narrativa migratoria de familias y personas que buscan seguridad, progreso económico, y libertad de expresión religiosa y cultural. Las razones para quienes migraron voluntariamente son numerosas y diversas dependiendo del contexto, pero lo que todos los inmigrantes comparten es la promesa de que lo que ellos creen reside en otra tierra que no es la suya. Hoy los migrantes se siguen trasladando a América del Norte por los efectos de la globalización, el desplazamiento, la escasez económica, la persecución y otras razones.

La llegada de migrantes de tantas partes del mundo a Estados Unidos también ha significado que existe una diversidad de culturas y formas de ver el mundo. La diversidad de culturas, visiones del mundo e idiomas ha causado una tensión enorme sobre los migrantes. Para lidiar de forma efectiva con este trauma y facilitar el proceso de aculturación, se debe animar a los migrantes a conservar los fuertes lazos culturales y familiares con su cultura de origen.

La llegada de nuevas culturas también se ha sentido amenazante para los ciudadanos estadounidenses, y muy a menudo esto ha resultado en conflicto e incluso violencia. A lo largo de la historia de Estados Unidos, el más reciente grupo de migrantes en llegar por lo común ha sido blanco de racismo, marginación y violencia. Lamentamos cualquier violencia cometida contra migrantes en el pasado y estamos resueltos, como seguidores de Jesús, a luchar para acabar con el racismo y la violencia dirigida contra migrantes recién llegados a Estados Unidos.

El contexto bíblico y teológico

Independientemente del estatus legal o la nacionalidad, todos estamos conectados los unos con los otros por medio de Cristo. Pablo nos recuerda que “si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento” (1 Corintios 12:26). La solidaridad que compartimos por medio de Cristo elimina las fronteras y barreras que excluyen y aíslan. Por lo tanto, los extranjeros a los que estamos llamados a amar son nuestros hermanos y hermanas, nuestras madres y padres, nuestros hijos e hijas; de hecho, ellos son nosotros.

Por toda la Biblia, el pueblo de Dios es llamado a amar al extranjero entre nosotros, a tratarlos como “si fuera uno de ustedes” y amarlos como a nosotros mismos (Levítico 19:33-34 NVI). El amor por el extranjero nace a partir de la experiencia compartida que los israelitas tuvieron como pueblo en el exilio en busca de la Tierra Prometida. Las actitudes y las acciones requeridas al pueblo de Dios eran emanar de la reflexión de su liberación de la esclavitud por la mano de Dios. A medida que el pueblo de Dios era liberado de la opresión, también ellos tenían la encomienda de ser instrumentos de redención en las vidas de los más vulnerables entre ellos: el extranjero. (Éxodo 22:21; 23:9; Levítico 19:34; Deuteronomio 10:19; 16:12; 24:18, 22—todos NVI).

En el Nuevo Testamento, la vida de Jesús inicia como refugiado en África cuando él y su familia huyen a Egipto para escapar del infanticidio de Herodes (Mateo 2:13-18). Jesús se identifica plenamente con el extranjero al grado que darle la bienvenida al extranjero es darle la bienvenida al mismo Jesús (Mateo 25:35). Jesús nos enseña a mostrar un interés especial por los pobres y oprimidos que llegan a nuestra tierra en busca de sobrevivir y vivir en paz.

En la Biblia, Jesús continuamente manifiesta compasión por los vulnerables y los pobres. Jesús encarnó la hospitalidad al acoger a la gente y abordar su mayor necesidad. La presencia de Jesús en la Tierra inició la realidad del Reino de un nuevo orden social basado en amor, gracia, justicia, inclusión, misericordia e igualdad, lo cual debía sustituir al viejo orden, caracterizado por nepotismo, racismo, clasismo, sexismo y exclusión. El sistema migratorio quebrantado en Estados Unidos y las respuestas xenófobas a los migrantes reflejan el viejo orden social. El llamado al pueblo de Dios es que abogue por la creación de un nuevo sistema migratorio que refleje la amada comunidad de Jesús.

El temor y la angustia en la que viven tantos migrantes en Estados Unidos se deben a redadas federales, detención indefinida y deportaciones que separan familias y crean una atmósfera de pánico. Se les niega a millones de inmigrantes acceso legal a Estados Unidos a raíz de restricciones de cupo y barreras raciales y clasistas, aun cuando patrones buscan su mano de obra. Las políticas estadounidenses, así como las condiciones económicas y políticas en sus países de origen, por lo común obligan a los migrantes a dejar sus hogares. Con las vías legales cerradas, los inmigrantes que llegan para mantener a sus familias deben vivir entre las sombras y bajo intensa explotación y temor. Ante estas leyes injustas y la deportación sistemática de inmigrantes instituidas por el Departamento de Seguridad Interna, el pueblo de Dios debe solidarizarse con los migrantes entre nosotros.

En las escrituras, los extranjeros también son identificados como portadores o mensajeros de buenas nuevas. Esto es visto en muchas historias de la Biblia:

• Abraham le dio la bienvenida a tres visitantes y luego recibe la promesa del nacimiento de un hijo, a pesar de que Sara ya no estaba en edad de tener hijos (Génesis 18:1-11);

• Rajab escondió a los espías de Israel, y su familia finalmente fue salvada de la muerte (Josué 2:1-16);

• La viuda de Sarepta le dio a Elías el último alimento que le quedaba y recibió comida y, finalmente, sanidad para su hijo moribundo (1 Reyes 17:7-24); y

• Zaqueo, tras recibir a Jesús en su hogar, prometió compartir la mitad de sus bienes con los pobres  y devolverle a quienes había defraudado cuatro veces la cantidad debida. Al entrar Jesús a la casa de Zaqueo, proclamó que había llegado la salvación a esa casa. (Lucas 19:1-10).

Todas estas historias dan testimonio de las palabras del escritor de Hebreos quien aconseja a los lectores a que “Den hospedaje a los que lo necesitan, pues recuerden que algunos que así lo hicieron, sin darse cuenta, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2 PDT). El pueblo de Dios es llamado a dar la bienvenida al extranjero no solo porque Dios nos ordena hacerlo, sino porque el pueblo de Dios necesita escuchar las buenas nuevas del evangelio encarnado en sus historias y en sus vidas. Dar la bienvenida al extranjero es tan vital para la expresión de la fe Cristiana, que el llevar a cabo esta forma de hospitalidad es participar en nuestra propia salvación.

Teológica e históricamente, existe una naturaleza implícita de mutualidad en la migración. Se supone que tanto el migrante como el nativo deben beneficiarse de la migración. Dar la bienvenida al migrante no es solo un acto de misión; es una oportunidad de recibir la gracia de Dios. La globalización de las economías internacionales y el movimiento continuo de migrantes han creado una población estadounidense cada vez más diversificada y debe verse reflejada en las congregaciones metodistas unidas y en el liderazgo nacional de la iglesia.

Por lo tanto, La Iglesia Metodista Unida entiende que al centro de nuestra fidelidad cristiana a las Escrituras está el llamado que hemos recibido de amar y acoger al extranjero. Hacemos un llamado a todas las Iglesias metodistas unidas a dar la bienvenida a migrantes recién llegados a sus comunidades, a amarlos como a nosotros mismos, a tratarlos como a uno de los que nacieron en nuestro país, a ver en ellos la presencia del Jesús encarnado y a mostrar hospitalidad a los migrantes entre nosotros, creyendo que a través de su presencia estamos recibiendo las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo.

El contexto actual

La inmigración a Estados Unidos ha cambiado en los últimos 20 años, en gran medida porque el mundo ha cambiado. La globalización ha reducido la distancia geográfica entre pobres y ricos, pero también ha agravado enormemente la brecha entre los que tienen acceso a recursos y a los que se les niega ese acceso. La gran desigualdad entre el Norte y el Sur es una fuente continua de conflicto y una atracción de recursos y gente del Sur al Norte. La globalización tiene problemas localizados que solían estar ocultos o desconectados por las barreras geográficas, pero no ha creado formas de rendición de cuentas ni mediado la necesidad de una reconciliación intercultural entre las víctimas de las políticas económicas internacionales y quienes se benefician de ellas. Los medios globales permiten que los pobres del Sur vean el estilo de vida de los ricos en el Norte, mientras que raras veces ven la intensa pobreza que también existe ahí. Esto crea tanto tensiones como una atracción para alcanzar el mismo estilo de vida.

A pesar de que las inversiones y las actividades comerciales no reguladas han beneficiado económicamente a algunos, muchos más han sido condenados a una vida de pobreza y marginación. En países más pobres, los recursos naturales han sido extraídos por corporaciones trasnacionales que no tienen interés en el bienestar continuo de los habitantes locales, la mejora de sus tradiciones ni su entorno ecológico. La falta de estos recursos a menudo lleva a una reducción drástica de empleos, sueldos y protecciones laborales. Los beneficios sociales públicos son eliminados y la nación se hunde cada vez más en la deuda al tiempo que recurre a instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.1 A medida que el Norte rico sigue expandiendo su riqueza, esta expansión ocurre a costas del Sur empobrecido. Toda región en el mundo se ve afectada en alguna forma por la brecha económica global. Sin embargo, mientras que el dinero y los productos fluyen con facilidad a través de las fronteras, el movimiento de personas que han sido forzadas a migrar por condiciones económicas intolerables es cada vez más restringido.

Cuando aquellos cuyo sustento ha sido erradicado en favor de la globalización corporativa intentan llegar a América del Norte para trabajar y mantener a sus familias, reciben un mensaje contradictorio que es confuso y a final de cuentas opresivo. Muchos inmigrantes se han establecido en áreas de Estados Unidos donde hay oportunidades económicas que los ciudadanos estadounidenses en su mayoría han pasado por alto. Las compañías a menudo prefieren trabajadores indocumentados para aumentar sus ganancias. Hasta que todos los empleos ofrezcan sueldos dignos, los patrones podrán enfrentar a los ciudadanos estadounidenses en contra de los trabajadores indocumentados en una espiral descendente que debilita los derechos laborales de todos

Ya que el sistema migratorio de Estados Unidos no ha podido seguir el ritmo cambiante de la migración  y la economía estadounidense, la población de migrantes indocumentados ha crecido dramáticamente. Sin embargo, la creciente población de migrantes indocumentados aún no ha sido perjudicial para la mayoría de trabajadores estadounidenses, porque no están compitiendo por los mismos empleos. Mientras que la fuerza laboral de Estados Unidos envejece y adquiere mayor preparación académica, la demanda de trabajadores no especializados se mantiene fuerte. El Instituto de Políticas Migratorias reporta que la necesidad económica de reparar el sistema migratorio es clara, y predicen que para el 2030, los trabajadores inmigrantes formarán entre la tercera parte y la mitad de la fuerza laboral de Estados Unidos.2 Al testificar ante el Comité sobre la Vejez del Senado en el 2003, el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, hizo un llamado a aumentar la cifra de migrantes para sostener a una fuerza laboral de cada vez mayor edad y un vacío económico continuo entre trabajadores no especializados.

A pesar de que la necesidad económica de los trabajadores migrantes es clara, cualquier sistema económico o migratorio que requiera una generación perpetua de trabajadores de segunda clase no puede ser apoyada por la gente de fe. Los migrantes indocumentados son explotados por su trabajo y su contribución económica a Estados Unidos. Se les niega su derecho a negociar colectivamente por salarios justos y condiciones laborales seguras, y son relegados del acceso a servicios sociales que ellos sostienen mediante su trabajo arduo. Cualquier reforma del sistema migratorio también debe permitir protecciones completas para todos los trabajadores, que incluyen la oportunidad de obtener estatus legal para todos los inmigrantes.

A pesar de que los migrantes han resultado ser de gran beneficio a la economía estadounidense, han sido excluidos sistemáticamente de recibir beneficios. Excluir el acceso a la atención médica fomenta un incremento en la demanda de cuartos de salas de urgencias para que brinden esa atención cotidiana u obliga a los migrantes temerosos de buscar ayuda médica a vivir en dolor y sufrimiento constantes. Estados Unidos se beneficia de la mano de obra migrante, pero los migrantes se han visto forzados a vivir entre las sombras, sin poder contribuir plenamente o recibir los cuidados apropiados.

Inmigración: Una cuestión de derechos humanos

Desde los ataques del 11 de septiembre, el debate en torno a la inmigración desafortunadamente ha sido enmarcado como un asunto de seguridad nacional. Todo este énfasis en la seguridad fronteriza no ha detenido el flujo de la migración indocumentada, aunque Estados Unidos ha invertido miles de millones de dólares en militarizar la frontera.

Se debe frenar el uso de fuerzas policiacas locales  y de agentes migratorios. Cuando los oficiales de Policía locales se involucran en la aplicación de las leyes migratorias, los migrantes por lo normal se rehúsan a denunciar delitos y son forzados a vivir en situaciones donde son explotados, objeto de abusos y victimizados.

Todas las naciones tienen el derecho de asegurar sus fronteras, pero la inquietud principal para los cristianos debe ser el bienestar de los inmigrantes.

Entre 1994 y el 2009, de acuerdo con la Iniciativa de Seguridad Fronteriza del Departamento de Seguridad Interna, más de 3,860 migrantes han muerto al cruzar la frontera entre Estados Unidos y México (https://www.aclu.org/files/pdfs/immigrants/humanitariancrisisreport.pdf)

Las redadas en lugares de trabajo, hogares y otros sitios sociales con frecuencia han violado las libertades civiles de los migrantes. A los migrantes se les deben conceder juicios justos y acceso a una representación legal adecuada. A raíz de estas redadas y las detenciones y deportaciones que resultan de ello, muchas familias han sido separadas y la comunidad migrante ha sido forzada a vivir en un constante estado de temor.

El negarse a recibir a los migrantes en este país —y permanecer callados mientras familias son separadas, las libertades individuales son pasadas por alto y la comunidad migrante en Estados Unidos es satanizada por miembros del Congreso  y medios de comunicación— es ser cómplices del pecado.

Un llamado a la acción

La Iglesia Metodista Unida declara el mérito, la dignidad y los valores y derechos inherentes de todas las personas sin importar su nacionalidad y estatus legal. Se exhorta a las Iglesias metodistas unidas por todo Estados Unidos a edificar puentes con los migrantes en sus comunidades locales, a aprender de ellos, a celebrar su presencia en Estados Unidos y a reconocer y valorar las contribuciones que los migrantes brindan en todas las áreas de la vida. Hacemos un llamado a las iglesias metodistas unidas a participar en lo siguiente:

• abogar por leyes que defiendan los derechos civiles y humanos de todos los migrantes en Estados Unidos y que ofrezcan una oportunidad para obtener estatus legal para todos los migrantes indocumentados actualmente en Estados Unidos, así como también para aquellos que llegarán en un futuro;

• iniciar clases de inglés como segundo idioma (ESL) como parte de un ministerio para comunidades migrantes y abogar por apoyo federal y estatal de clases extendidas de ESL;

• denunciar y oponerse al incremento de reacciones xenofóbicas, racistas y violentas en contra de migrantes en Estados Unidos, y apoyar los esfuerzos para desarrollar relaciones entre personas, en vez de construir muros entre etnicidades y culturas diversas;

• acoger a los inmigrantes recién llegados en nuestras congregaciones;

• oponerse a la construcción de un muro entre Estados Unidos y México, al que se oponen comunidades a ambos lados de la frontera;

• hacer un llamado al gobierno de Estados Unidos a frenar de inmediato todos los arrestos, detenciones y deportaciones de inmigrantes indocumentados, incluyendo niños, basados únicamente en su estatus migratorio hasta que no sea aprobada una reforma migratoria exhaustiva y justa;

• brindar, en la medida de lo posible, cuidados pastorales y terapia de crisis a refugiados y migrantes recién llegados, identificando y respondiendo de manera compasiva a sus necesidades espirituales, materiales y legales;

• trabajar con organismos civiles y legales para apoyar a las comunidades migrantes afectadas por leyes migratorias severas y medidas de seguridad nacional excesivas;

• apoyar a las Iglesias que en oración decidan ofrecer santuario a migrantes indocumentados que enfrentan la deportación;

• continuar la labor del Grupo de Trabajo Metodista Unido sobre Inmigración compuesto por personal de juntas generales y agencias, representantes del Concilio de Obispos y miembros de  comités y planes nacionales que fue creado por la resolución: “Oposición a la Reforma de Inmigración Ilegal y la Ley de Resolución Migratoria” (2004 Libro de Resoluciones, #118).

Además, se exhorta a La Iglesia Metodista Unida a abogar por una reforma exhaustiva del sistema migratorio de Estados Unidos. La acción ejecutiva tomada por el ex Presidente Barack Obama en el 2014 fue un paso temporal necesario que permitió que ciertos grupos de inmigrantes solicitaran estatus legal temporal, aunque no la ciudadanía. Por lo tanto, reconocemos que un cambio legislativo es el paso permanente que se necesita.

Cualquier legislación para reformar el sistema migratorio de Estados Unidos debe ratificar el mérito, la dignidad y los valores y derechos inherentes de los migrantes, y también debe incluir:

• la oportunidad de obtener la ciudadanía para todos los migrantes indocumentados. Cualquier senda creada para los migrantes indocumentados debe tener los menos obstáculos posibles, y esos requisitos no deben estar diseñados para impedir que los migrantes sean elegibles para la legalización;

• la resolución de casos atrasados y la reunificación de familias separadas por la migración o por detenciones;

• un aumento en el número de visas para trabajadores a corto plazo que llegan a Estados Unidos a trabajar de manera segura, legal y ordenada. Deben haber oportunidades para las personas que deseen quedarse permanentemente;

• la protección de todos los trabajadores que llegan por cierto periodo de tiempo, así como para los que se quedan permanentemente. El derecho a negociar sueldos más altos, a protestar contra malas condiciones laborales y a conservar sus derechos humanos debe ser respetado para todos los trabajadores, documentados e indocumentados por igual;

• la eliminación de centros de detención con fines de lucro;

• la eliminación de detenciones indefinidas, encarcelamiento de niños y la creciente población carcelaria, que también beneficia a las prisiones y los centros de detención privados;

• la protección de juicios justos y acceso a los tribunales y a representación legal adecuada para todos los migrantes sin importar su estatus legal.

ADOPTADO 2008
ENMENDADO Y READOPTADO 2016
RESOLUCIÓN #3281, 2008, 2012 LIBRO DE RESOLUCIONES

Ver Principios Sociales, ¶¶ 162H y 163F.

De El Libro de Resoluciones de La Iglesia Metodista Unida — 2016. Todos los derechos reservados © 2016 por La Casa Metodista Unida de Publicaciones. Usado con permiso.